sábado, 9 de junio de 2012
Cada nube destroza un recuerdo,
cada suspirar ajeno me devuelve al vacío.
Y desde la cima misma de lo que no es
grito sabiendo que sólo el atardecer
me escucha.
Que es tal tu ausencia,
que mi voz no tiene eco
en tus oídos, en tus ojos, en tu pelo.
Ya debería haber aprendido
que no siempre es tiempo de volver a empezar.
Y que vos (sobre todo)
no sos el lugar.
(So I set the world on fire)
Viniste dando respuestas
de esas incómodas,
de las que plantean dudas.
Pusiste todo en tonos de violeta,
desordenaste lo poco
que tenía en la cabeza.
Traspasaste el límite de mi yo,
hiciste correr hacia atrás
las horas del reloj.
Me secaste la voz, los ojos.
Me desnudaste las manos,
desgarraste la piel de mi espalda.
Ahora vas y venís
de vez en cuando,
a mostrarme que tus ruinas
son más hermosas que mis monumentos,
a contarme que creás
y destruís la vida,
el amor, la magia, el espiral,
según te da la gana.
Que, como siempre,
tenés y sos
todo lo que quiero y espero,
y que no te importa.
Acá el problema es de las dos.
Y la gran tarea ahora
es sentarse a esperar que llegue la cordura.
Y si desde mi ausencia
te enaltezco.
Si desde mi silencio
tomás cada palabra.
Si desde la distancia,
te sentís menos lejos;
tal vez valga la pena
esta espera
que no conoce tiempo
ni a su objeto.
Tal vez ya no carezca de sentido
la falta de cada hora de sueño.
Si para saber amar (te)
tengo que destruir (me),
entonces, vení,
y mostrame cómo hacerlo.
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