domingo, 12 de agosto de 2012


Se sufren los regresos.
Aunque sean idas,
aunque sean breves,
aunque no exista más el espacio,
aunque haya pasado el tiempo.

Suena un blues y hay humedad,
y no importa si es el verano rosarino
o un invierno en Santa Fe,
si los versos que escribo
se los dedico a los detalles
o al bien.

Cantan los grillos en esta ciudad que es pueblo,
me refugia un sol,
me abriga la luna de tu voz
que está siempre en mis oídos,
y todo hace que nunca esté realmente lejos.

Las risas de siempre limpian un poco mi angustia,
de querer contarte tantas cosas y no poder.
Confirman que la felicidad no es
sólo un estado de ánimo que tuve ayer,
que el hogar es un abrazo, que cualquier momento
es bueno para volver.

Ya pasó la hora del juego,
no todo lo que funciona lo hace más de una vez.
Y este fruto de los días,
esta planta que baila medio llevada por un viento
que sale de la nada
cuenta historias que son las mías también.

El cigarrillo se consume al mismo tiempo que el olvido.
Ésa voz tuya, que es siempre tan compañera
deja de soltarme notas,
se vuelve un susurro imperceptible,
una figura de hilos que danza sobre mi cabeza.

Me pierdo un poco de la importancia del camino,
de todo lo que puede llegar a significar
acercar tu tiempo de soledad al mío.

Y las lágrimas que no lloro, van quedando adentro,
regando algún jardín perdido
donde algún día recolectaré las flores y los pájaros
que habrán de mostrarme cómo llegar a tus ríos.

Reseña Recital de Pedro Reñé en ATE


Santa Fe (la ciudad, no la provincia) tiene una cierta magia para mí. Creo firmemente que es el poder relajante que tiene el conjunto de la humedad, la presión baja, y la cerveza barata. El día en sí había sido un trajín importante (es decir, era un día que en realidad eran dos), y llegué a ATE un poquito tarde. Claro, no contaba con que estuviera la familia Reñé a pleno (o sea que llegar media hora tarde en realidad significó llega una hora temprano).

Pedro muy amablemente como siempre me los presentó a todos (aunque alguna que otra hermana ya la tenía de vista), y el bar era poco bar y mucho hogar. Es el aire un poco de pueblo que tiene Santa Fe. Comimos mientras iba cayendo gente al baile, y afuera amenazaba la lluvia. Arreglar la cámara para que pudiera enfocar bien llevó mucho trabajo. Al final, con la brillante colaboración de la sobrina del susodicho logré improvisar una plataforma compuesta por la bandeja de la pizza y dos platos apilados como para acomodar el trípode y que no se vieran las sillas en el medio.

Pedro tiene la costumbre de contar antes de cantar. Es una especie de rito que cumple con una alegría que le brilla en los ojos... Se traba, se ríe, y mientras cuenta se interrumpe para afinar la guitarra, para soltar algún que otro comentario sobre lo absurdo de la plataforma de la cámara... Y entonces empieza a cantar. No sé si habrán visto Peter Pan (o leído, en su defecto), pero pasó algo muy extraño, muy así. No estoy muy acostumbrada  a que el resto de la audiencia conozca la letra de los temas, pero como era lógico, la sangre cantaba, se emocionaba con el recuerdo del Nono Tín, con María Marta (hermana mayor de Pedro) ahí con  él (aunque ella insiste en que sonaba mal), y soltaban un polvo de hadas que iba cubriendo todo y me hacia flotar en la silla (no, no había tomado tanto como para que fuera por el porrón, tenía que ser el polvo de hadas).

Ya a esta altura, afuera caen gotitas que son de piedra sobre un techo que no es de zinc, Pedro terminó de cantar La Pornosónica,  la gente se va yendo, y algunos nos quedamos compartiendo la cerveza que queda, los recuerdos de la vida, de los viajes. Y como dice él, hay una charla y una magia tan profunda que mis ideas se me van a cualquier parte. Como suele pasarle a mis ideas, vienen a parar a este blog, cuando en realidad deberían llegar hasta él.

jueves, 9 de agosto de 2012


Resucitar juegos,
romper dolores,
llorar alegrías,
dejar de levantar
altares a los recuerdos.
Que hacer memoria
signifique crear momentos.
Y así, ir pintando
un camino sin punto de fuga,
y un cielo sin azules
para que no estés en ellos.

Te mido, te juro que te mido.
Las palabras, los movimientos,
los pasos, las caricias.
Porque, ¿sabés qué?
Yo siempre dije
que los besos se dan sin permiso.
Y el primer principio
es el de la autoconsecuencia.
Me toca bajar un rato a tierra
para poderte ver,
para saber de qué color
son las cosas para vos.
Tanto quejarme,
y al fin estoy del otro lado del espejo,
jugando a las adivinanzas
con cada uno de tus gestos.
Ya no puedo nadar
en el trino de los pájaros,
ni entregarme a mi risa
de agua turbia pero lisa.
Tengo sólo una alerta permanente,
un vaso de vino,
una puerta que se abre
y el eco de una canción
para pelear contra una pared
que sé que es ventana
(por lo menos)
pero que no se deja ver.
Yo sé bien que
en una esquina de tus acordes
yace desnuda la solución,
una verdad cifrada en rimas,
el detallado dibujo
de una primavera de corcheas,
de un verano con mares de melodías.
Pero antes,
debe haber certezas.
Entonces, sí, el diálogo
entre el cine y la travesura;
ceder al cambio, a lo sutil, a la alegría.
Serás el suspiro de un minuto, al revés del tiempo.
Y poder regalarte todas las mañanas
más de tres sonrisas,
no dejar que las muertes sean breves, porque también son parte de mí.
Y, pro favor, no hablemos de amor,
que a este poema le queda grande
ésa palabra, igual que a vos.

Venías a tocarme el timbre con timidez, con ansiedad, con miedo (casi) de que alguien te viera ahí parado. Venías a la tardecita, cuando el sol empezaba a caer pero el calor no quería irse, y el cielo se ponía un poco violeta, mientras asomaba alguna que otra estrella.

Yo me asomaba al pasillo y te hacía señas, porque nunca encontraba las llaves, o no había terminado de vestirme; y vos, pobre, que no veías un carajo, le dabas al timbre una y otra vez, hasta que salía yo, corriendo por el pasillo, improvisando algún paso tonto y riéndome a carcajadas que provocaban los nervios de la vieja del depto de al lado.

Me soltabas un hola nena, con su correspondiente beso en la mejilla, y mientras entrábamos me contabas cómo para vos seguía todo siempre igual, y yo te ponía al día con mis cada vez más enmarañados problemas. Siempre fuiste muy torpe para consolarme, pero creo que a fuerza de reirme de tus soluciones casi ridículas, me olvidaba un rato del mundo.

Entonces, sí, me saludabas como corresponde. A veces gruñías un poco. Y, aunque no fue hace mucho tiempo, esa especie de ritual de tus visitas (que incluían mucha comida y películas que nunca terminamos de mirar), esas ganas de cuidarme que tenías (aunque sabías que no podías), ése despertarte a la mañana, todo eso parece formar parte de otra vida... Una que no era mía, una en donde vos no importabas, y me deja ahora preguntándome qué hago yo acá.

martes, 7 de agosto de 2012


Yo creo que si te beso, así, medio despacio pero sin miedo, tus palabras van a ser también las mías. Estoy convencida de que en la calidez de tu saliva germinan las rimas, y que en la comisura de tus labios duermen tus acordes. Entonces, claro, es lógico para mí que tus silencios calcen en la métrica de mis poemas.

Lo que pasa es que hay un abismo de idiomas, protegido por paredes de minutos; un abrazo que (a fuerza de imprimir ternura) me aleja más de lo que me acerca; un jardín floreciente que me revuelve una culpa que hace rato que no siento.

Y entonces estoy acá, como sentada en un cine, viendo pasar este pedazo de mi vida que va por siempre a ser una ficción, una fuente de anécdotas, nunca algo más; porque, justamente, a fuerza de ir de puntillas, la vida nunca va a llegar.

viernes, 3 de agosto de 2012

Momentos de cebadez en una servilleta


Los insospechados
niveles del colapso,
las nuevas
fronteras del desamor.
Una sombra apenas intuida
detrás de una cortina
me trae la respuesta mejor.
Y en el silencio
del ruido ajeno
espero  en vano
que mi resolución sirva de algo,
consciente de que es inútil,
de que no sabés lo que pienso
leyéndome la mirada.
Vos no comprendés estos placeres,
qui sachent si mal aimer
et si bien souffrir,
que me arañan la garganta
en el instante
en que mi razón recupera el control;
en que de mi memoria
se apodera la idea del juego.
Y entonces me da lo mismo
que apoyes la cuchara en la mesa o en el suelo,
una vez más,
respirar sólo tiene sentido
si puedo destruir lo que siento,
si me llevo al capitán al fondo del mar
cuando me hundo;
si mañana me despierto
sin que me importe
ver qué tanto te recuerdo.