domingo, 19 de agosto de 2012
Una alegoría en cada comida
es el pan nuestro de cada día.
Y tenemos que frotarnos los ojos
para poder distinguir,
para poder recordar lo dicho y lo callado,
para ver qué detalle
nos habremos pasado por alto.
Vamos armando esquemas
para no morir, para no matarnos;
caminamos dando vida a las palabras
y versos a los abrazos.
Nos vamos sumiendo en el rito,
en la danza de horas y de vasos,
esperando un rayo,
un milagro en la palma de nuestras manos.
Y, si después de tanto,
es a vos que se te dibuja
una amanecer con el río al costado
prometo seguir regando nuestros veranos,
imprimiendo ternura y magia
en el parque,
a la sombra de algún palo borracho,
buscando excusas para mostrar
mi poema mejor cifrado.
Y envolver
en la neblina de mis cigarrillos
todo aquello que llamaremos pasado.
sábado, 18 de agosto de 2012
La Partida del Bien.
En sueños
me vas dando un abrazo
que me quita el mío,
que me deja sin aire.
Despertás con hambre y sin memoria,
con humo y burbujas
en las manos y los labios.
Y caminamos poco,
buscando lo que no importa,
mascullando planes
para tener más para romper.
Nos dedicamos más
a desnudar nuestras horas
que nuestros cuerpos.
Entonces, llegado el momento
de la partida, de la fuga,
del cambio y el adiós,
me trago las polillas que acosan mi memoria,
las lágrimas de vientos de enero.
Y en ése abrazo de despedida
más que perderme, me encuentro.
Vuelvo a subirme
a este carrusel de caos,
a este caballito de delirios.
Vuelvo a regalarle
sonrisas a mis errores,
a abrazar mis desatinos.
Voy regando la idea, de a poco,
de que nada florece mejor
que la más terrible de las verdades.
Planear sin pensar,
mentir en pos de la honestidad,
rodar colina arriba en el espiral.
Y si de quemar veranos
y fumar primaveras
se puede desmenuzar el presente,
entonces, me tocará
ser el picador de momentos,
rehacer el tiempo con paciencia,
armar el futuro envolviéndolo
en el papel de tu piel.
El fuego será la risa,
la falta de filtro de mis labios,
y una charla que se hace cenizas.
martes, 14 de agosto de 2012
Recitándome.
Esta angustia no es casual,
no es coincidencia
que mis manos se quieran confesar.
No es el azar
derivado de tus notas,
no es la rebelión
contra otra promesa rota.
Es sólo que me cansé de jugar,
que mi alma necesita descansar,
que ya no tolero
que vengas a resignificar mi pasado,
a obligarme a hacer memoria
olvidando lo malo.
Sólo te pido
que no hagas eterno tu silencio,
que no me hagas gastar más papel,
que no me lleves tan al borde
porque me voy a caer.
Por sobre todo, no exageres.
No quiero quedarme sin detalles,
sin flores y sin viernes.
Que todo se acabe de una vez,
que explote si así tiene que ser;
yo sólo quiero poder cantar
sin este peso en la voz,
sólo quiero querer
sin tener que pedir perdón.
(y mientras escribo, la brasa de un cigarrillo me consuela, porque no entiende que son las nubes quienes lloran este poema, y no, que ya estoy perdida en la trompeta de Empty Bed Blues).
Que parezca un marcsocopio cualquiera. Levantarme tipo diez de la mañana, y usar la surestencia diaria: prender un certabio, salir de la mereidad, encender la cortelatera, poner a hacer las térmides, armar la mesa, apagar el certabio, encender la reidática, ir al baño, sacar las térmides, servir el corelato e irme a trabajar.
En el camino arruimanaré tus mérpides, y en el descanso del laburo las voy a peritentenar. Sé que voy a estar cada vez más nírvea a medida que la hora se acerque. Entonces, el reloj va a dar las cinco, y yo voy a correr en busca de un treptón.
Voy a tocar el mimbisón de abajo, como siempre, para impistarte. Ella ya está arriba, y le regugnuto a los colípidos que no se me haya adelantado mientras me bajo del abundendro en el cláypero piso. Como es costumbre, todavía no habrás ostriado, y te aviso que estoy.
Vas a venir por el arnipuo mirando el suelo. Cuando la puerta se abra, no voy a certeyarme. El ármilión n admite certeyas. Y acá empieza a cambiar. Atiorizarte por el cuello en lugar de la cintura, uytarte la gurpesia y trasladarlo de a poco. Pedir apenas disculpas, y sospesar la menírade que indicará, sin lugar a desdidios, si pasar o irme. Ambas sin dulénidos, ambas pidiendo disculpas a los jazmines vernícidos, con todo y la mirada.
La Jardinería es un caballo de ajedrez.
Y como diría él,
acá estamos como los locos,
jugando siempre a lo mismo.
Sólo que, a fuerza de ser así,
ahora es cada vez más extraño.
Tenemos sobre este ajedrez que hacemos,
bizarro y de a tres,
una jardinería a la que le afloran versos,
una magia que se queda corta
y esta vez no llega a envolver todo;
y unos detalles, cada vez más visibles,
irrepetibles, musicales,
que un poco buscan quedarse
y otro poco desaparecer.
Vamos de a turnos, con vueltas,
despacio.
Vos fuiste primero, llevando entre las manos
unos versos ajenos
que le ganaron a tu vergüenza.
Luego fue su turno,
pero él no sabe que juega
y, sublime, aprovecha el momento
para seguir sin enterarse.
Yo siempre soy más drástica,
para todo, para esto,
y mi movida de dama entre sábanas tibias
te mostró que yo también juego en serio.
Y sería tan fácil hacer trampa,
tan horrible jugar sucio
que acá estoy, esperando
a que termine tu turno.
Dale tranquila, no tengo apuro.
No tengo ganas de estar triste,
y sin duda será fatal el día
en que alguna de las dos llegue
con un sol sostenido entre las manos
y un detalle en la comisura de los labios.
Quisiera volver a despertarme
unos meses atrás.
Recuperar la falta de seriedad,
desnudar el tiempo una vez más.
Amanecer envuelta en humo,
desconocer el sueño.
Volver a sonreir sin motivos,
sin pausas, sin miedos.
Respirar aires de viernes de verano
aún en el lunes más frío del invierno.
Escuchar un blues hecho de lluvia
comiendo una merienda sin precio.
Quiero dejar de desear más de lo que tengo,
que me abrigue su silueta de nuevo.
Que los espirales estén afuera
y no adentro,
ser dueña de un mundo
que para ella es sólo otro reino.
Espero, espero y no dejo de esperar,
que llegar al cielo ya no importe;
volverla a cruzar por pura casualidad
volviendo con un delirio debajo del brazo.
Entrar a sus orillas,
a torturar el tiempo más que a matarlo.
Que la vida vuelva a ser
una y otra vez lo mismo
para así ser algo diferente,
como la fotografía, como la escritura,
como ella, eterna, brillante,
mítica y atroz, ágil y pausada
bailando desnuda de ropa y de vergüenza
en el living de mi memoria a la hora de la siesta.
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